El confinamiento pandémico fue nuestra burbuja romántica, pero estalló
Nuestro vínculo se dio solo con miradas por encima de la mascarilla y creció con tanta intensidad que temí el regreso de la normalidad a Shanghái.

Credit: Brian Rea
Por Zhengkun Hou.
Durante los dos meses de encierro de la primavera en Shanghái, los residentes estuvieron confinados en su mayoría a sus casas y pasillos. Para una mujer soltera como yo que, a los 29 años, vive sola y trabaja por cuenta propia, toda mi vida se redujo a mí, yo misma y yo.
Muchos alimentos dejaron de estar disponibles durante esa época; la gente estaba ansiosa, aislada y aburrida. La Coca-Cola, el pastel y el chocolate se convirtieron en lujos poco comunes. Se podía cambiar casi cualquier cosa por una lata de refresco, y el sabor del chocolate podía enviarte al nirvana. El trueque y las compras en grupo se convirtieron en la nueva normalidad, junto con las “citas” de cinco minutos con mascarilla puesta cerca de la cabina de pruebas de PCR, que era uno de los pocos lugares fuera de nuestros departamentos a los que se nos permitía ir.
Naturalmente, todo el mundo se entusiasmó cuando nuestro edificio tuvo por fin la oportunidad de pedir hamburguesas y Coca-Cola de un local de comida rápida. Sin embargo, cuando pregunté a los cientos de miembros del grupo de WeChat de nuestro edificio —creado apresuradamente durante el confinamiento— si alguien quería ayudar con la entrega, el silencio duró 10 minutos. Entonces mi celular se iluminó con un mensaje de un hombre que no conocía: “Me encantaría ayudar”.
Tras nuestra charla inicial sobre hamburguesas, escribió: “¿Cómo te mantienes ocupada?”.
“Estoy aprendiendo francés”, le contesté.
En un francés perfecto, me contestó: “Puedes practicar conmigo”.
Y, voilà, resultó que venía de Francia, lo que en realidad no es tan inusual aquí; nuestro rascacielos tiene muchos residentes extranjeros.
Cuando llegó la comida, había seis voluntarios, incluyéndome, para ayudar a distribuir las bolsas por el edificio. Todo el mundo dijo un “hola” casual al bajar, pero no hubo ningún “hola” de su parte, solo una pausa de medio segundo en sus pasos. Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, una vocecita en mi cabeza me dijo que algo pasaría entre nosotros.
Nos dividí en tres grupos de dos y le pedí a él que se emparejara con mi amigo. Cada grupo era responsable de siete pisos. Mi grupo fue el último en terminar. Y él fue el único que se ofreció a ayudar cuando terminó con sus pisos.
“¿Quieres decirme algo en francés?”, me dijo. “Quiero comprobar tu pronunciación”.
“Je ne comprends pas”, dije. (“No entiendo”).
Se rio y respondió: “Pas mal”. (”No está mal”).
Cuando finalmente volví a mi departamento, mi celular se iluminó con la notificación de un mensaje suyo: “¡Enchanté!, por cierto, tienes buena pronunciación”.
En las dos semanas siguientes, nuestra relación pasó de chatear cada tres días a chatear todos los días, e incluso dimos un paseo juntos con otro vecino. El encierro te devuelve al colegio, supongo.
Un día, cuando comenté: “¡Ah, qué bonito!”, después de ver la foto de un zorro que había enviado, me contestó: “Tú eres bonita”.
“Técnicamente, solo has visto la mitad de mi cara”, le dije.
“Jaja, es verdad. Deseo que llegue ese día”.
Ese día llegó la mañana siguiente, cuando a una de nuestras vecinas le robaron los paquetes y quiso comprobar las imágenes de seguridad y atrapar al ladrón. Sin embargo, ella no habla chino, así que me ofrecí a ayudar. Pasamos siete horas jugando a los detectives, y él se unió a nosotros después de saber que yo andaba allí.
La primera vez que me quité el cubrebocas para tomar un sorbo de agua, me dijo: “Ya vi”.
Me giré y vi sus ojos sonrientes. No, no nos besamos. Todavía no.
Cuando tuvimos nuestra primera conversación cara a cara bajo la luz de la luna, le pedí que me contara la historia de su vida. Al ser un artista, le tocaba trasladarse de país en país. Siempre estaba huyendo, explorando el mundo. Lo cual, me entristeció saber, estaba a punto de reanudarse: me dijo que dejaría China para siempre en cinco meses.
“No te encariñes”, advirtió la voz en mi cabeza. “Solo sean amigos”.
Más tarde, les conté nuestra historia a mis amigos, cómo nos conocimos, lo buena persona que es y cómo me hacía feliz de tal o cual manera. Sus expresiones de satisfacción se volvieron sombrías cuando les expliqué que se iba.
Que se iba. Esa frase era como un puñal. Cada vez que pensaba en eso, sentía una puñalada en el corazón.
Durante el mes siguiente, él y yo nos volvimos más cercanos. Empezamos a dar paseos nocturnos por las escaleras, a jugar bádminton con los vecinos y a enviarnos mensajes día y noche.
Un día, cuando estaba enfermo y le pregunté medio en broma cómo era la vida sin verme, me respondió: “No tiene sentido”.
“Ah, caray”, contesté.
“Me gusta que todavía pueda sorprenderte”, replicó.
Yo parecía haber hecho las paces con el hecho de que seguíamos confinados, que todo era muy caro y difícil de conseguir, que la gente se escabullía de Shanghái todos los días y que toda la ciudad sufría en silencio. Mientras saboreaba que él lo hacía todo más llevadero, también temía las incertidumbres que se avecinaban. Nos acercábamos a la libertad. Cada vez me deprimía más.
El 1 de junio era la fecha oficial para el levantamiento del confinamiento, pero a finales de mayo la gente ya salía a beber y a orinar en las esquinas. La ciudad pasó de un extremo a otro.
Cuando por fin pudimos dar un paseo juntos afuera de nuestro recinto, me preguntó: “¿Estás bien? Tu nivel de energía parece un poco más bajo de lo habitual”.
“Sí, estoy bien”, le aseguré. “Me siento rara viendo el mundo de nuevo después de más de dos meses de encierro”. Pero solo dije eso; no era la verdadera razón.
Una hora después, cuando estábamos tomando el sol en las escaleras frente a una hilera de árboles, le comenté que no se me daba bien despedirme.
Me miró sin decir nada más.
Yo continué: “Antes, era muy extrema porque tenía colapsos mentales cuando tenía que separarme de la gente que realmente me importaba. Entonces escarbé en mi pasado, en mis recuerdos de la infancia y me di cuenta de que tengo problemas de abandono”.
“Estaba esperando a que llegaras a esa conclusión”. Encendió un cigarrillo y recomendó: “Solo tienes que recordar una cosa: no es nada personal”.
Después de esa conversación, pude volver a respirar.
En Shanghái, encontrar una pareja adecuada puede parecer imposible. Todo el mundo está tan ocupado, agotado y vigilado que abrir el corazón puede parecer demasiado arriesgado. Después de casi siete años viviendo aquí, yo también me he convertido en un hueso duro de roer. Sin intención de culpar a mi infancia difícil o los hombres que me han decepcionado, creo que esas experiencias han hecho que no quiera volver a ser vulnerable.
El encierro cambió todo eso. Algo erosionó mi exterior duro lo suficiente como para dejar que él entrara. Leíamos juntos, discutíamos sobre filosofía, andábamos en bicicleta por la ciudad y hablábamos. Maldita sea, podíamos hablar. Pensé que Céline y Jesse de Antes del amanecer hablaban demasiado, pero no eran nada comparados con nosotros.
Su departamento da al este; el mío, al oeste. Me enviaba una foto del amanecer todas las mañanas, y yo le enviaba una foto del atardecer todas las noches. Me encanta el romance clásico.
Un día, mientras tomábamos vino, se me saltaron las lágrimas al ver un video que él compuso tras pasar por una gran depresión, y me abrazó con fuerza mientras me escuchaba hablar de mis traumas pasados. Ese es el tipo de intimidad por el que daría todo. Sé que es poco realista decir que los factores externos pueden resolver los problemas internos, pero sentí que me estaba curando en su presencia.
Mis amigos me preguntaron: “¿Por qué no le pides que se quede?”. “¿Por qué no te vas con él?”.
La respuesta es que ninguno de los dos debe interponerse en el camino del otro a la hora de tomar decisiones en la vida. Creo que todo sucede por una razón. Llevábamos meses de vecinos, tomando copas en el mismo bar, leyendo libros en la misma librería, paseando por la misma calle y tomando el mismo ascensor, pero nunca nos habíamos conocido.
Una vez le pregunté qué habría pasado si nos hubiéramos visto en un bar, y me dijo: “Conociéndome, nada”.
Nuestra despedida se produjo después del confinamiento, pero no de la manera que yo esperaba.
El encierro nos sacó de nuestras vidas y creó esa burbuja de vulnerabilidad y romance, pero las burbujas siempre se rompen. Cuando la cruda realidad de la vida normal empezó a hacer acto de presencia, volví a ser la persona severa y racional que era antes. Por desgracia, mi corazón nunca gana las batallas contra mi cerebro.
Así que aquí estamos. Todavía en el mismo edificio, pero actuando como si ya se hubiera ido. Como nuestras conversaciones languidecen día a día, ya no miro por la ventana cuando se acerca el atardecer.
Sin embargo, en contadas ocasiones, cuando me encuentro por casualidad con una puesta de sol, me pregunto si el tono anaranjado que se oscurece promete un hermoso amanecer.
Zhengkun Hou es intérprete y traductora, y vive en Shanghái, China.
Nota gentileza The New York Times.
www.rpereznetonline.com.ar está suscripto a The New York Times.-


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