Cuando se tala un árbol, esa misma especie tarda años en volver a crecer a la medida en que la han talado. Por eso nacieron los «bosques sostenibles» y el desarrollo forestar sostenible, pero ¿qué significa «desarrollo forestal sostenible»?
El término «desarrollo económico ambientalmente sostenible», o más simplemente «desarrollo sostenible», fue difundido por el informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo titulado Nuestro futuro común. En el mismo se define el desarrollo sostenible como el que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para hacer frente a las suyas» (CMMAD, 1987). La denominación estimuló la imaginación del público y de los políticos, a todos los niveles-local, nacional, regional e internacional – y ha motivado muchos debates, pero no se ha resuelto cómo aplicar ese concepto en la práctica.
Tal vez sea el sector forestal el que se encuentra en mejor situación para encabezar la práctica del desarrollo sostenible en todo el mundo. La comunidad forestal está acostumbrada a perspectivas lejanas; conoce bastante bien la respuesta de los ecosistemas forestales a las alteraciones provocadas por la naturaleza y el hombre; está familiarizada con el principio del rendimiento sostenido, y en unos cuantos casos ha intentado hacer uso integral y múltiple de los bosques. Resultará más fácil para la comunidad forestal que para otros sectores de la industria ensanchar sus miras desde el rendimiento sostenido al desarrollo sostenible, lo cual implica pasar de la ordenación de bosques a la ordenación de ecosistemas forestales.
La idea de rendimiento sostenido está muy arraigada en la comunidad forestal. Pero, ¿rendimiento sostenido es lo mismo que desarrollo sostenible? Sí, pero sólo en parte. Mientras el rendimiento sostenido está asociado con un flujo constante y perpetuo de madera para uso de la humanidad, el desarrollo sostenible de los bosques es algo mucho más amplio, que incorpora la gestión integral de bosques, el mantenimiento de la integridad ecológica del ambiente forestal, y cierta amplitud de miras para el porvenir. Eso no significa que en todos los bosques de todas partes se deban recoger siempre todas las utilidades simultáneamente. En la práctica es probable que ciertos bosques se destinen a usos o beneficios primarios; por ejemplo, a la producción de madera industrial o de leña, o a la protección de cuencas hidrográficas, o al hábitat de la fauna, sin por ello dejar de reconocerle valores secundarios. Eso permitiría explotar los bosques de las cuencas hidrográficas de modo que no vaya en detrimento de los objetivos principales de conservación de suelos y aguas.
Tomando en cuenta la necesidad de atender la demanda actual y la responsabilidad ética para con las generaciones futuras, se puede dar la siguiente definición de desarrollo sostenible (Maini, 1989a):
«El desarrollo sostenible de tierras forestales y de sus múltiples valores económicos y ambientales implica mantener indefinidamente, sin mengua inaceptable, tanto la capacidad para producir y renovarse, como las especies y la diversidad ecológica de los ecosistemas forestales.»
El umbral de aceptabilidad de la «mengua» quedará determinado por decisiones de personas, instituciones y naciones, así como de toda la comunidad internacional, basadas en los conocimientos de los principios de la ecología y de los imperativos socioeconómicos. Lo que sea aceptable bajo determinadas condiciones socioeconómicas y ecológicas será inadmisible bajo otro conjunto de condiciones. Por consiguiente, para decidir habrá que compensar los riesgos de la acción con los costos de la inacción.
La formulación de métodos de desarrollo sostenible exige armonizar las actividades humanas con los aspectos biológicos y físicos de los ecosistemas forestales. Las actividades del hombre y los ecosistemas forestales, así como la interacción entre ambos, son dinámicos y cambian en el espacio y el tiempo. Por consiguiente, la práctica de un desarrollo forestal sostenible exige vigilar ambos sistemas y su interacción, lo cual implica toda una serie de consideraciones ecológicas, socioeconómicas, técnicas y políticas.
Desde el punto de vista ecológico, todos los bosques están compuestos por una amalgama de especies apoyadas en un sistema que les sirve de sostén y que tiene la capacidad de renovarse. La mayor parte de los bosques, siendo ecosistemas de larga vida y gran capacidad para renovarse, no son ecológicamente frágiles. Pueden resistir una amplia gama de alteraciones naturales, como rigores del clima (períodos de sequía y de mucha humedad), tempestades, incendios, insectos, enfermedades, etc. Estas alteraciones forman parte integrante de la naturaleza dinámica de los ecosistemas forestales y desempeñan una función determinante de su salud, diversidad de especies, renovación, rejuvenecimiento, así como de su evolución gradual con el tiempo. La estructura de mosaico de los bosques naturales de las regiones tropicales (Lamb, 1990) y templadas (Suffling, Lihou y Morand, 1988) refleja muchas voces alteraciones pasadas atribuibles a causas naturales.
La inquietud acerca del potencial que puedan tener los bosques para un desarrollo sostenible no tiene nada que ver con los cambios que experimentan con el paso del tiempo los bosques inalterados, sino más bien con las repercusiones de la actividad humana en el recurso forestal. Si bien en una remota antigüedad los moradores de los bosques de todo el mundo vivían a costa de aquél con efectos apenas perceptibles, el avance de la agricultura ha dado lugar a una rápida conversión permanente a otros usos. La conversión de este tipo, que actualmente se concentra en las regiones en desarrollo, es análoga a la que experimentaron los países templados ahora industrializados, en los siglos pasados. Para satisfacer la demanda de poblaciones cada vez mayores, la mayor parte de los países en desarrollo necesitará seguir convirtiendo bosques a usos agrícolas, de vivienda o de infraestructura. La clave es operar esa conversión de manera bien planeada y sólo en tierras que tengan la posibilidad de rendir sosteniblemente productos no forestales. Este artículo se concentra en los principios en que se basa el desarrollo sostenible en tierras destinadas permanentemente a bosque.
Práctica del desarrollo forestal sostenible:
A pesar de que los bosques son sistemas muy resistentes, su capacidad para soportar cambios en el ambiente tiene límites y, una vez rebasados, se degradan. Conociendo cuáles son esos límites tenemos también la posibilidad de incrementar mediante prácticas silvícolas los distintos tipos de producción. Hay muchos ejemplos de entresacado y manejo de bosques en cuencas hidrográficas que con una explotación selectiva incrementan el rendimiento de madera, agua y fauna sin que se manifieste algún efecto negativo. Cierto que, por otra parte, hubo actividades industriales que pusieron a prueba el ambiente de los ecosistemas forestales. Entre ellas, la extracción, la construcción de caminos, las prácticas silvícolas y de reforestación que modificaban el tipo y las especies de la cubierta forestal, y las técnicas mecánicas, biológicas y químicas para la protección contra incendios, insectos, enfermedades y vegetación rival.
Los bosques están expuestos a tensiones causadas por otras actividades humanas, como las manufacturas y el uso de combustibles fósiles. Las repercusiones de algunas de estas actividades son limitadas localmente, pero las de otras son mundiales. Como ejemplo, la decadencia de los bosques de algunas partes de Europa se atribuye a contaminantes aerotrans-portados; todos los tipos de bosques del mundo padecerán con el temido recalentamiento de la Tierra debido al efecto «invernadero», si aumenta la concentración de gases en la atmósfera (Maini, 1989b). La utilidad de un bosque natural debidamente ordenado, o de una reserva ecológica o de una plantación seria limitada, ya que no nula, si en las proximidades se instalara una fábrica que emitiera contaminantes perjudiciales.
Por consiguiente, el desarrollo sostenible implica la necesidad de reconocer la limitación de los cambios que se pueden imponer a los bosques y de organizar las actividades humanas de modo que produzcan los máximos beneficios posibles dentro de esos limites. Se pueden utilizar varios parámetros para evaluar la condición del bosque por lo que se refiere a algún ecosistema o especie (Jordán, 1989; Rapport, Regier y Hutchison, 1985; Woodwell, 1970). La definición antes propuesta de desarrollo sostenible reconoce como críticos tres parámetros: capacidad para producir, capacidad para renovarse y diversidad ecológica y de especies.
Capacidad para producir. La productividad de un lugar es una función del número de especies y de árboles que crezcan en él, de la fertilidad del suelo y del clima. Además de los suelos, la biomasa forestal contiene una importante reserva de nutrientes. La extracción de biomasa en el momento de la cosecha puede significar una importante pérdida neta de nutrientes. Si el suelo es ya de por si pobre, eso reducirá considerablemente la biomasa de la cosecha siguiente. No obstante, es poco lo que se sabe acerca del ciclo de los nutrientes en bosques templados (Kuusela, 1990) o tropicales (Jordán, 1989; Lamb, 1990). Es indispensable llegar a una mejor comprensión de los efectos de la extracción de productos forestales sobre la productividad del suelo y los futuros rendimientos.
Capacidad para renovarse. La renovación de un ecosistema forestal después de cosechado o de haber sufrido alguna otra alteración depende de la naturaleza e intensidad de la misma y del modo de reproducción de las especies del lugar. En muchas condiciones tropicales, la regeneración por semilla o por medios vegetativos es rápida y se termina en unos cuantos meses con gran diversidad de especies (Lamb, 1990). Desde el punto de vista industrial lo que interesa es renovar el bosque inmediatamente con especies económicamente valiosas, pero los procesos naturales de regeneración suelen dar lugar a una mezcla de especies, algunas económicamente valiosas, otras sin ningún valor. Según sean los objetivos de manejo convendrá estimular la regeneración natural o artificial.
La respuesta de los ecosistemas forestales a las tensiones queda determinada por el tipo de ecosistema forestal (resistente, frágil) y la naturaleza de las tensiones (tipo, duración e intensidad). La figura ilustra una respuesta generalizada de ecosistemas forestales a la tensión. Los bosques expuestos a tensiones que robasen los límites de tolerancia seguirán la trayectoria F1 – F2. Esta «trayectoria de degradación del bosque» puede dividirse en tres niveles:
· Autorenovación: cuando la degradación es moderada, al desaparecer la tensión que forzaba el ecosistema, éste tiene capacidad para renovarse por sí solo recuperando en relativamente poco tiempo el estado en que se encontraba antes de la intervención del hombre.· Rehabilitación: a un nivel medio de degradación el ecosistema forestal puede exigir prolongados períodos de recuperación natural, susceptibles de ser acortados con la intervención del hombre.
· Restauración: llegado a cierto nivel, la degradación es prácticamente irreversible, al menos por comparación con la duración de una vida, y se caracteriza por una combinación de pérdida total o semitotal de la cubierta forestal (deforestación) y de diversidad de las especies, así como degradación del suelo y consiguiente reducción de la capacidad general de producción del lugar en cuestión. En un caso tan extremo la recuperación tardará siglos enteros si se hace por medios naturales, o decenios, si se acepta la intervención del hombre. Aunque fuera imposible recrear un bosque como el original, se podrá crear un bosque de especies diversas o una plantación.
La figura sugiere también otras conclusiones:
· las posibilidades de tomar medidas preventivas de poco o ningún costo se limitan a las fases iniciales de degradación;· desde el punto de vista económico, el costo de la acción curativa aumenta con el estado de degradación del bosque (trayectoria C1 – C2);
· es importante mejorar la capacidad para reconocer los primeros indicios de degradación que permitan «anticipar y prevenir» más bien que «degradar y curar»;
· la capacidad para practicar un desarrollo forestal sostenible depende de que se sepa pronosticar el efecto ecológico de las alteraciones, naturales y causadas por el hambre, sobre los ecosistemas forestales;
· la capacidad para pronosticar aumentará aprovechando las lecciones del pasado, es decir, comparando bosques mal ordenados o alterados con bosques bien manejados, libres de alteraciones;
· importante, y parte integrante del desarrollo forestal sostenible, es la constitución de reservas ecológicas de bosques representativos o de tipo único, como base de comparación.
Diversidad ecológica y de especies. Los bosques son un rico repositorio del patrimonio genético del planeta. Los bosques tropicales contienen más del 50 por ciento de todas las especies de plantas y animales en un seis por ciento de la superficie terrestre (Poore y Sayer, 1991). La diversidad de especies aparentemente disminuye al aumentar la latitud. Así como los bosques tropicales se componen de centenares de especies, hay grandes extensiones de bosques boreales en que domina una sola especie. La diversidad de las especies y la diversidad ecológica están estrechamente relacionadas, y para mantener abiertas todas las posibilidades futuras, es preciso mantener esa diversidad. En las deliberaciones en curso para llegar a un convenio internacional sobre biodiversidad se toma en cuenta la preservación de una red de ecosistemas representativos y únicos a los niveles nacional, regional y mundial, así como la creación de bancos de semillas y de genes.
Fuente: J.S. Maini es Subsecretario Adjunto para el Medio Ambiente Forestal de Forestry Canada, Ottawa.-



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