
“A los 56 años y ya habiendo transcurrido 37 de la guerra, miro mis manos y veo un trozo de tierra.
Veo lo concreto, lo real, lo inevitable, lo tangible; y está entre mis manos que la contiene; si abro los dedos, se escurre, se pierde, se va… Pero en esa tierra hay dolor, tristeza, enojo, injusticia, muerte, una parte mía está ahí, presa de resignación de lo inevitable y de la culpa por estar vivo.
Quizás la salida sea soltar el pasado que ahoga, que duele, que limita, que imposibilita la expresión, que me convierte en Héroe sin serlo, sin sentirlo. Porque en realidad hubiese preferido que fuese un sueño y mis amigos me despertasen riendo porque tuve una pesadilla que me robó la inocencia de los 19 años; y que en dos meses me convirtió en hombre; donde no importaron mis sueños, donde no se escuchaba.
Y hoy que sigo soñando, que tengo una familia, que lo vivido me dejó heridas, no físicas, sí en el corazón… Hoy, elijo mirar para adelante, bajarme del tren y ver por fin que la tierra debe volver a la tierra, como yo debo ir en busca del que dejé con hambre, frío y miedo a morir. Contarle que llegó la hora de cerrar una etapa de la vida y que atravesar la herida duele; pero tiene sentido volver a casa, volver al corazón para escucharlo latir, sin juzgar, sin brillar y con la íntima convicción de Ser Uno».


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